Verano. Noche.
En algún lugar de la provincia de Zamora.
Moonlight from Manu Arregi Biziola on Vimeo.
Visto en Xatakafoto (link)
Verano. Noche.
En algún lugar de la provincia de Zamora.
Moonlight from Manu Arregi Biziola on Vimeo.
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Etiquetas: fotografia
Si una foto fuera sólo papel y cloruro de plata no nos pasaríamos horas mirándolas. No, las fotos tienen que tener algo más. Caras, paisajes... Quizás lo que nos atrapa de ellas sea justamente el ingrediente que no se ve cuando las miramos: el tiempo. Papel, cloruro de plata y tiempo. Tiempo congelado, tiempo detenido y eterno, plasmado en 10x15 centímetros, brillo o mate. Las fotos fijan un instante para la eternidad. Tiempo inmóvil que se degusta con los ojos. Pero también hay otras formas.
Hay tiempo que se también se congela, pero para mirarlo... con los labios. Del mismo modo que el click de un obturador esculpe un segundo en granito indeleble, un beso puede durar un segundo pero no acabar nunca. Todos llevamos un beso que empezó hace mucho tiempo y que no ha terminado todavía porque en nuestra memoria aún se siente y saborea. Besos y fotos: instantes que duran más de una vida.
Será por eso que besos y fotos se llevan tan bien. Porque hay fotos de besos que se han hecho un huequecito, no ya en los museos, sino en las más selectas y más exquisitas de las exposiciones que son las del recuerdo colectivo. Esas fotos mágicas que todos reconocemos cuando aparecen en las páginas de las revistas.
Hace unos días el periódico trajo una de esas noticias que te dejan un poquito triste. Y no por ser de una catástrofe terrible sino por esa naturalidad serena de las cosas que son parte de la misma vida. Edith Sain había muerto, y con ella los labios que simbolizaron la alegría visceral y explosiva de quien celebra seguir vivo ante la oscuridad y el miedo atroz de la guerra.
Alfred Eisenstaedt también estaba aquel día en Times Square y lo demás es historia: el beso, la luz y el clorururo de plata hicieron el resto. Edith ya no existe, pero su beso y su foto permanecerán mucho más allá de aquel instante y de los instantes posteriores. Más allá incluso, querido lector, de este instante que tú le estás dedicando justamente ahora.
(Continuará...)
PS: Ya me habría gustado que me besaran a mí así al pasar por Times Square ;)
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Etiquetas: actualidad, fotografia, historia
Visto en el blog de 'Españoles por el mundo'
Hacemos el camino? O el camino nos hace a nosotros?
nveec
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Etiquetas: fotografia, viajes
The Internet is a real bottomless hole for overcurious people. Which I am, really am. So it happens way too often that I know when I sit with my laptop, but fail completely in predicting when I'll be shutting it down. But it's not my fault! What am I supposed to do when there are so many intriguing, amusing and totally useless sites to see your time wasted hour after hour? It's just too tempting!
And it's not only those countless hardcore freaky sites which devour my leisure (and not so leisure) time... Sometimes other perfectly serious, trusty sites hide dangerous traps awaiting for those poor visitors who just love wasting time and are unlucky enough to have their clicks reaching them. Wanna see an example? Keep reading, my skeptical friend!
Everybody knows Flickr, right? The famous site to have your pictures exposed, browsed and commented by other users. A must-be for digital photographers from amateurs to pros. Well, beware! Because those who devote long afternoons looking at the wonderful pics other luckier or more talented guys took, seriously risk falling in brain-sucking pools with the ability to automatically divert any focus on photography to pointless bullshit. Amazed? Ha!
My favourite one is called What's in my bag... being as simple as it name announces: just empty your bag, take a pic and explain what's behind every stupid little item that you carry around. Sounds foolish, huh? Actually it is... but now I cannot stop browsing more and more bags from Japan to Albacete, with their little mountains of scrambled shit tagged around. No matter soon or late, whenever I decide to go do something else I always see a colorful thumbnail from a (wtf?) extremely interesting cluster of stuff that cannot be just skipped! And instead of putting down the laptop lid it's clicking next what i do... I'm an addict!
Oh... er... yes, I'm also GUILTY.
Happy week, everyone!
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Etiquetas: english, fotografia, friki, internet
Y dale. Y venga. Qué gustillo le he pillado a daros la vara con el señor este que hacía fotos en sitios nada recomendables. Pero qué le voy a hacer, si es que me persigue. Que sí, que me persigue. Hoy cuenta El País que se editan en español las memorias de este insigne caballero, tituladas 'Ligeramente Desenfocado'. Si eres de esas escasas y piadosas almas que se pasan por aquí de cuando en cuando posiblemente te sonará el título y hasta habrás sonreído un poquito al recordar en tan curioso título el latigazo de ironía del señor Friedmann (y no Friendmann, como dice el periódico).
Pues nada, una ocasión más para regalarnos la vista, la memoria y la conciencia con el trabajo del húngaro más comentado entre mis ladrillos habituales.
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Etiquetas: fotografia, holanda, mood, viajes
El domingo es día de cafetito y de periódico mañanero, reposado, disfrutado. El de hoy trae un rostro familiar: Robert Capa, de quién ya os solté un ladrillo hace tiempo, sigue ocupando a sus colegas del siglo XXI.
El soldado, el fotógrafo y la muerte. Unos contactos disipan dudas sobre la autenticidad de la célebre imagen de Capa.El mito pervive, y con él su obra. Hoy mucha gente se ha parado a pensar, durante un instante, en aquellos años oscuros de nuestro pasado. La fotografía ha cumplido una vez más su objetivo de retener el tiempo en la memoria.
En elmundo.es (5.10.08)
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Etiquetas: actualidad, fotografia, historia
¿Cuánto se tarda en sentir un lugar como propio? Imagino que depende de muchas cosas... Yo tengo la necesidad casi fisiológica de 'personalizar' los lugares a los que me encuentro unido. Los hago míos. Y es que me resulta de lo más inquietante la sensación de meterme en la cama rodeado de paredes desnudas, con su amenazante vacío o, peor aún, repletas de pequeños vestigios de vida anterior, imperceptibles a primera vista pero que van surgiendo ante tus ojos poco a poco: aquí el agujerillo dejado por una chincheta, allá la marca amarillenta de la cinta adhesiva, por el otro lado un resto paduzco de procedencia insondable... No puedo evitar subirme el edredón hasta los ojos mientras pienso en qué pendería de la chicheta, qué habría adherido al adhesivo resto, qué demonios será eso marrón pegado al gotelé. Y por eso me defiendo atacando: a la primera ocasión que tengo, me lanzo a cubrir las huellas del prójimo con huellas más propias. Napoleón estaría orgulloso de mí. Soy más bien barroco antes que minimalista, lo que implica que me suele dar por la falta de mesura en lo que se refiere a decorar los lugares que quiero hacer míos. Mi última morada madrileña tuvo un tabique completamente empapelado de antiguas fotos. Todo tipo de gentes, lugares y situaciones me daban las buenas noches y me saludaban luego al despertar, haciendo de mi aventura madridense algo más humano, cercano y -por qué no- caóticamente mío.
Aquella habitación se cerró y yo emprendí de nuevo camino en pos de nuevos anhelos más o menos tangibles, y al cierre aquel siguió un nuevo comienzo, incluyendo nueva habitación, nuevas paredes y nuevos vacíos que desterrar. En un principio estuve tentado de recuperar el horror vacui anterior, trasladando el éxtasis fotográfico a los nuevos tabiques... Pero hete aquí que la naturaleza humana es a veces inescrutable y, de todo aquel montón de fotos que venían en mis maletas sólo unas cuantas decoran ahora mis muros. El porqué de que sean tan pocas aún no lo conozco, el porqué de que sean las que son es algo que quisiera explicarles, si tienen ustedes a bien acompañarme por tan insólito relato.Una de ellas es ésta. Es Navidad del 2003, alrededor del veintitantos de diciembre. Es Schiphol, el aeropuerto de Ámsterdam. Es un cielo cubierto, es la lluvia tras el cristal. Afuera el frío y el viento húmedo, y a este lado del cristal una burbuja de calor y silencio, atemporal, propicia para la nostalgia y los sueños. La silueta es María ante la ventana, con la mirada perdida. Pero es más que todo eso: es el momento. Es el momento en que las maletas están facturadas, en que el avión espera y la lluvia invita a dejar la imaginación volar a sus anchas. Regresamos a casa. Por delante quedan días de descanso en los que ver a los amigos y la familia, en que contaremos mil veces las aventurillas de nuestra vida holandesa. Frente a la montaña rusa de incertidumbres de los meses recién pasados estamos en un momento de certezas: certeza de quién somos, certeza de lo que hacemos, certeza de dónde vamos y por qué queremos regresar.
Hay momentos que quedan adheridos en la retina y la memoria. A veces, una cámara providencial sabe colarse oportunamente y fijarlos en papel. Por eso, un fragmento de mi pared está cubierto por 10 x 15 centímetros de aquel instante en que por nada del mundo me habría cambiado por nadie.
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Me juego la colección de tapas de petisuís a que ya conocéis esta foto: se titula ‘Muerte de un miliciano’ y pertenece a Robert Capa. Eso es lo que está claro; lo que quizás no lo está tanto es todo lo que sigue: si realmente se trata de un miliciano, si realmente muere ante la cámara, si realmente está tomada en Cerro Muriano… Es una de esas fotos a las que rodea la controversia desde el mismo momento que salieron de la cubeta de revelado, o casi. Y es que hay tantos amantes de su fuerza expresiva y de cómo retrata la crudeza del momento como detractores que atacan su oportunismo y ese supuestamente milagroso sentido de la oportunidad del autor para encuadrar, enfocar y disparar justo en la décima de segundo fatal. Pero es que justamente esto suele ser el bagaje que acompaña a los iconos. Y esta foto, indudablemente, lo es.
Como con la foto del Ché Guevara de Korda, igual que con la no menos célebre aquella de los marines erigiendo las barras y estrellas en Iwo Jima: aquí el icono, aquí la polémica. ¿Cuál es la respuesta? Pues, a mi parecer… no importa. Porque el icono es sólo la fachada, la portada, el rótulo de neón que atrae la atención al interior de la librería. Porque si es Federico Borrell quien muere en la foto o si es todo una pose fingida carece de importancia cuando se mira más allá. Y más allá hay toda una galaxia de imágenes, el trabajo de toda una vida de un fotógrafo cuyo objetivo se ha convertido en el ojo por el que el mundo mira con asombro hacia algunos de los acontecimientos que cambiaron la historia.
Endre Ernö Friedmann, el húngaro que tomaría el nombre de Robert Capa por la necesidad de tener un nombre más atractivo, más comercial, más americano a los ojos de los editores –no es casualidad que se parezca tanto al apellido del afamado director de cine Frank Capra. El hombre tras la cámara. Toda una personalidad en la época: no sólo revolucionó –casi se puede decir que inventó- una nueva forma de concebir la figura del reportero de guerra, además fue toda una celebridad en la crónica social de los convulsos mediados del pasado siglo: fundador de la mítica Agencia Magnum, amigo de Picasso, Steinbeck, Hemingway, amante de Ingrid Bergman, protagonista de algún cameo en las pelis de algún director de cine y camarada de copas… se movía con igual maestría por los frentes bélicos que por los clubs más selectos del planeta. Todo un personaje que cimentó su mito en su manera de llevar una cámara hasta los lugares en los que nadie había mirado antes porque nadie quería ver: esos lugares en los que, durante un instante concreto en la historia del tiempo, los seres humanos aplican toda su brutalidad y toda su inteligencia en aplastar minuciosa y despiadadamente a otros seres humanos. Fue entonces noticia y hoy es historia, y es su leica el agujerito por el que la humanidad entera se asoma a aquello que hicimos y nos hizo como somos.
La Guerra Civil española, la Segunda Guerra Mundial, la primera Guerra de Indochina (Vietnam)… Se le atribuye la popular máxima aquella de “si tus fotos no son suficientemente buenas es porque no estabas suficientemente cerca”. Y sus fotos eran indudablemente buenas, muy buenas. Lo que significaba estar muy, muy cerca para un tipo que trabajaba sin teleobjetivos: cuando se ve un soldado al lado de su cámara podéis creer que realmente estaban hombro con hombro. Cubrió el desembarco en Normandía, el legendario D-Day, para la revista Life y, fiel a su lema, no se le ocurrió mejor método que ir en las mismas lanchas de desembarco en la playa de Omaha, como un soldado más. El mismo Steven Spielberg ha reconocido que sus fotos de aquel día fueron su inspiración fundamental a la hora de recrear la magistral secuencia del infierno del desembarco en ‘Salvar al Soldado Ryan’ Si habéis visto la peli podréis recordar el nudo que se crea en el estómago cuando uno se identifica con aquellos pobres chicos metidos en la barcaza que se acerca a una playa infestada de ametralladoras, plagada de balas que zumban como avispas letales buscando su carne. El miedo atroz ante una muerte real, presente, que aguarda en horas, minutos o segundos. Saber que todo lo que uno es va a quedar expuesto, sin más resguardo que el propio pecho, la piel y la sangre, al azaroso tino de un chaval, otro como tú pero con uniforme alemán, que a los 19 años llora de miedo lejos de su casa para verse aferrado a una ametralladora al rojo vivo ante la aterradora visión de una invasión imparable que se dirige hacia él. Y, entre aquella carnicería de chicos aterrados, entre las explosiones y las balas, entre los ríos de sangre y los gritos de agonía, un húngaro correteando sin más armas que sus cámaras y sus rollos de película. Y saliendo vivo para contarlo, para mostrarlo si no hubiera sido por esas ironías del destino: se dice que el chico del cuarto de revelado de la revista Life fue presionado para que tuviera los negativos listos en el menor tiempo posible, por lo que subió la temperatura del secador eléctrico… El resultado es que, de los 106 disparos, sólo se salvaron once fotogramas. La revista Life los publicó inmediatamente, incluyendo en el pie de foto a modo de explicación por el mal estado de las imágenes que la emoción del momento había sobrecogido al fotógrafo y por lo tanto las imágenes estaban ligeramente desenfocadas. Años después, el propio Capa daría una muestra más de su irónico sentido del humor cuando escogió para sus memorias de la guerra precisamente ese título: Slightly out of focus (ligeramente desenfocado).
Sin embargo, las fotos que posiblemente fundamentan el mito de Robert Capa son las que hizo en la Guerra Civil española; su primera guerra, en la que se entregó como un niño idealista, tomó partido –por los republicanos-, se enamoró y sintió el dolor, la desesperanza, el vacío y la miseria de la mano brutal de la ceniza. Capa llegó con su amante Gerda Taro, una fotógrafa mucho más experimentada con la que vivía en el dulce París de preguerra, y la guerra se la arrebató cuando ella cubría el frente de Brunete. Capa vivió nuestra guerra haciéndola suya, implicándose, viviendo con los milicianos en las trincheras y con la gente en los refugios, retirándose en triste huida con los refugiados que dejaban atrás la derrota; siendo una vez más el fotógrafo fiel a su famosa frase: acercándose. De aquello nos queda la foto de Cerro Muriano, el icono, la controversia. Y, para quienes quieran mirar más allá, todas las demás: las que nos permiten ver a las gentes en las colas de racionamiento de la retaguardia, a quienes corren en el frente sin querer mirar los cadáveres que podrían ser ellos mismos, a la Cibeles entre sacos terreros, a los niños que buscan unos padres que no volverán. Nos permiten ver a nuestros abuelos, a nuestros padres o a nosotros mismos, porque las fotos de Capa son nuestro propio álbum familiar. Hace años Hache supo acertar regalándome un libro de algunas de estas fotos, que atesoro el alguna estantería de la que procuro no separarme demasiado. Ella no sabe aún cuánto se lo agradezco.
La democracia, esa supuesta panacea del gobierno de los pueblos en paz, necesita hoy de ciudadanos informados cuyos votos dirijan los caminos. Gracias a gente como Endre la utopía de que los ciudadanos tengamos ojos desde los que ver, opinar y juzgar es posible. Hace 54 años que Capa murió tras pisar una mina en la Indochina francesa (actual Vietnam) de la única manera que sabía hacer las cosas: acercándose. 54 años después, esta semana los periódicos en los que trabajan quienes siguen su ejemplo nos contaban que ha aparecido una maleta en México con más de 3000 de sus fotos inéditas. Una maleta abandonada ante el avance de los nazis sobre París y cuya historia desde entonces hasta su reciente aparición resulta tan increíble como todo lo anterior. Desde ahora, nuestro álbum familar tiene 3000 fotos más en las que vernos, reconocernos y aprender a entendernos.
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Pues eso, que esta tarde hemos desafiado al frío de enero los cuatro: Natxete, su nueva y flamante Olympus, mi amada Nikon y yo. He aquí una pequeña muestra de los frutos.
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Etiquetas: fotografia, personal, salamanca