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martes, 30 de marzo de 2010

Sincerely, Spain

First impressions of a country seen from the lens and eyes of an American.

Sincerely, Spain from Matthew Brown on Vimeo.

lunes, 2 de noviembre de 2009

En el camino

Visto en el blog de 'Españoles por el mundo'



Hacemos el camino? O el camino nos hace a nosotros?

nveec

jueves, 14 de mayo de 2009

El asiento 54B

Holanda. Domingo. Primavera. En una estación junto a la costa un tren amarillo y azul se va llenando de gente que busca descuidadamente un sitio libre. Sobre uno de los asientos un libro con el título en inglés se alza trémulo. Y tras el título, agazapado cual cernícalo primilla, yo. Oteando. Escuchando. Olisqueando la proximidad de los viajeros que miran a un lado y a otro mientras recorren lastimosamente el vagón bajo el peso de sus maletas. Pensando, deseando, murmurando, casi exclamando a gritos que se vayan, que me dejen, que quiero, reclamo, exijo los dos asientos vacíos para mí. Que no quiero compañía. Que me estorban. Que me sobran. Que se pierdan.

A medida que nuevas cabezas se dejan ver sobresaliendo por los huecos que segundos antes hubiera libres, el flujo de desconocidos que pasan de largo a mi lado en pos de otro aposento más espacioso –y con compañía menos hostil- se va espesando, ralentizando, deteniendo. Algunos empiezan a girar la cabeza, lamentando no haber ocupado alguno de los asientos que desecharon segundos antes. Mis esperanzas se desvanecen. Veo venir la tragedia, incontenible como una losa de marmóreo destino que se cierne sobre mí, y me aferro con más fuerza a la edición de bolsillo en cuya cubierta se clavan mis uñas. No. Aquí no. ¡Si al menos me estuviera haciendo el dormido, con las piernas estiradas sobre el asiento contiguo! Quizás aún pueda hacerlo, quizás si me giro despacio, quizás si no estuviera sentado junto a la ventanilla, quizás si no fuera…

…demasiado tarde.

Tras el borde doblado de las páginas amarillentas percibo una figura que se deja caer en la butaca, invadiendo sin pudor el paraíso de feliz aislamiento que me había creado en el espacio de dos asientos de segunda clase. Quedan tres horas de martirio, maldita sea. Tres horas de compartir estrechez y efluvios de humanidad y aire viciado con este ser que ahora se revuelve en el blando eskay junto a mi muslo buscando su comodidad de tan obscena e irreverente manera. Pero no, no va a ser un camino de rosas: esto, despreciado y sin embargo próximo vecino, va a ser un infierno. Para ambos. Así que levanto la mirada inyectada en sangre, dispuesto a fulminar al ser que tuvo la indecente idea de existir para robar lo que siempre fue mío y sólo mío. Levanto la mirada iracunda, metálica, afilada y letal en pos de ser clavada inmisericorde en la sensible inferioridad del molesto insecto que me disturba, y compruebo atónito cómo rebota, frágil y quebrada como cristal bajo las botas, al cruzarse con otra mirada azul, femenina, transparente y luminosa. ¡Por Odín, estoy desarmado! Una sonrisa se dibuja clara en mi enemigo y me golpea de lleno. ¡Por Odín, estoy perdido!

“Is it a nice book?”

La sonrisa vuelve a golpearme y a ahogar cualquier atisbo de reacción por mi parte. Tratando de recuperar la compostura bajo la mirada a las páginas en torpe intento de fingir que leo, sólo para descubrirme sosteniendo el libro del revés. Zuuuumm… tocado. Mi mirada se eleva avergonzada como queriendo huir de este infierno y… oh, dios mío, ahí está otra vez, de nuevo la sonrisa. Fiuuuu… tocado. Me quedo mirándola. Bada-boommm… tocado otra vez. Me guiña un ojo. Chofff: hundido.

“Where are you from, then?”

Me rindo a la derrota, a esa sensación de infinita derrota que deben de tener las gacelas de los documentales cuando la leona se sienta apacible y tranquila a su lado sin aflojar las fauces que contienen el cuello de su presa. Me rindo y suelto el libro que tan poco resultado dio como escudo y rindo también mis estériles y romas garras de guerrero arrodillado. Sin abrir la boca por tenerla ya delatadoramente abierta logro encontrar alguna palabra y, poco a poco, le voy contando que vengo de España, que he pasado el fin de semana con unos amigos, que Zeeland es preciosa. Tiene en torno a cuarenta años. Ella habla de las noches de verano en Granada, del tiempo en Holanda, del Koninginnedag. Las pequeñas arrugas en torno al azul infinito de su mirada aparecen y se desdibujan al ritmo de su sonrisa. Coincidimos en que Holanda es increíble en primavera. Su marido nos saluda con la mano, tres asientos más allá. Discrepamos en que Holanda es fría y gris en invierno. Nos reímos de los tópicos españoles y holandeses. Me gusta su chaqueta roja. A ella también. Nos reímos otra vez.

La mancha verde al otro lado del cristal está mutando su vértigo en nitidez: el tren disminuye su velocidad. Por los altavoces, la voz metálica del revisor desgrana un galimatías entre el que acierto a distinguir “station Amersfoort”. Ella se levanta, me regala su última sonrisa, me desea buen viaje, y yo me quedo mirando aquel azul eterno desvanecerse entre el ajetreo del andén.

Holanda. Domingo. Primavera. En una estación demasiado lejos de la costa un tren azul y amarillo se va poblando de nuevas caras que rebuscan el hueco dejado por las que se acaban de bajar. Sobre uno de los asientos un libro con el título en inglés se yergue, al revés, ante los ojos que miran a través de las páginas, perdidos en sus propios pensamientos. Una figura se deja caer sobre el asiento a mi izquierda y mi mirada busca algún resto de azul en la suya. Pero no: negros, negrísimos son los iris que observan tras los párpados que enmarcan ojos rasgados y orientales. Una sonrisa masculina, inexplicablemente cálida e inquietante permanece estática unos centímetros por debajo. Abre una bolsa y saca un discman (oh maravilla, aún quedan de éstos?). Abre otra bolsa y extrae un CD recién comprado (oh, oh maravilla de nuevo, todavía hay quien paga en las tiendas por un disco?). Mientras observo distraído la interminable pelea de aquellos dedos sin uñas por abrir el celofán que recubre la adquisición puedo leer el título del disco: Boys2men, greatest hits. Oh, señor. Levanto la mirada, confundido, para reencontrarme con la imperturbable sonrisa y negros ojos que que siguen, mucho más inquietantemente aún, clavados en mí. Empiezo a notar una cierta incomodidad cuyo origen no sabría definir. Mis esperanzas se desvanecen. Veo venir la tragedia. Quedan dos horas de martirio.

Maldita sea.

viernes, 24 de abril de 2009

Driving by the Noordzee

February. Winter. Rain.

De Noordzee.

Holland.





















domingo, 22 de febrero de 2009

Viva Köln!


Da simmer dabei! Dat is prima! VIVA COLONIA!
Wir lieben das Leben, die Liebe und die Lust
Wir glauben an den lieben Gott und hab´n noch immer Durst!



Continuará...

jueves, 12 de febrero de 2009

On the road

"¿Cuántas gotas hay en el parabrisas?"
"Infinitas"
"Mira, ahora hay una nueva"
"Es verdad: infinitas más una"




A Amsterdam-Schiphol un domingo por la tarde. Aviones, despedidas, kilómetros. Holanda y la lluvia tras los cristales.

No quiero llegar aún...


Mood: dejándome mecer

martes, 11 de noviembre de 2008

Alondry day




Dijo el sabio que la supervivencia en los viajes depende de innumerables variables, pero es el Factor G el que determina de modo inexorable cuándo llega el momento de hacer una paradita en la lavandería. Así es, amigos, el Factor G (de gayumbo), también conocido como Índice C (de calzoncillo) o, en voz de ciertos autores de la generación beat, Algoritmo T (de tanga, ceñido y apretao) es el que realmente nos obliga a decir 'hasta aquí hemos llegao' y cambiar nuestro de común aguerrido gesto de impenitentes viajeros a vivaracha mirada de quien se afana en las tareas domésticas. Porque, no nos engañemos: todo, absolutamente todo, es reciclable. No hay camiseta suficientemente sudada, pantalón con demasiados lamparones ni calcetines lo bastante aromáticos como para no ser una opción a considerar cuando no se ve rastro de lavadora ni de la gana de buscarla. De tal modo, el mentado Factor Gayumbo se expresa en la siguiente fórmula:

D=f(Gx2)-1

En donde D es el número de días que se puede aguantar con lo que se lleva en la maleta, y está en función de G, que es el número de gayumbos que se porten, multiplicado por dos dado el fenómeno de todos conocido por el cual los gayumbos tienen dos caras susceptibles de ser utilizadas consecutivamente, y al que se resta una unidad porque en el momento de salir de casa ya se llevan unos gayumbos puestos, con lo que se deduce que ya vienen usados, o sea, una bala menos en el cargador. A menos que se vaya en plan comando, en cuyo caso no se han estudiado las repercusiones pero dan miedito...



Pues eso, que tras venir arrastrando este cuerpazo -que dios en su infinita sapiencia me otorgó- por media Europa y vuelta pabajo, me había llegado la hora. Esta mañana, al punto de salir de la ducha (este año ya tocaba ducharse), la apertura del cajón de la gayumbada me confirmó la fatal noticia. Efectivamente, había llegado el día de la alondra, o Alondry Day en términos anglosajones; que no tiene tanto que ver con la pizpireta ave que surcara los cielos de España sino con la Alondry o 'laundry', que dirían en Ohio -pronúnciese 'Ojayo'.




La bici de la derecha, en la puerta de la tienda, es la mía. Aún no ha sido bautizada... ¿alguna propuesta?


Tres eurazos con cincuen la lavadora. Otros dos lerus la secadora que en vez de secadora debería denominarse 'sacadora' por cumplir la función de sacarte las perras mucho mejor que la de secar. Y cuarenta céntimos un puñaíco de detergente que ni era de jabón de marsella ni frescor primaveral. Ni na. Aunque lo más jachondo es lo de tener que sentarte frente al maquinillo a esperar que acabe, como si no tuvieras nada mejor que hacer que ver el programa de sintéticos color dar una vuelta, y otra, y otra

y otra

y otra

y otra y otra y otra y otra.

En fin, pilarín, que estos son los gajes del oficio. Holanda se ha cobrado otro pequeño botín a costa de mi autoestima y mi férrea y viril virilidad. Eso sí: tengo un montón de calzoncillos limpitos.

Por los dos lados.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Ik ben... GRONINGED!


Aún no acabo de creérmelo, aún parpadeo.

Aún me froto los ojos y cuando los abro... veo canales, bicicletas, suelos de ladrillo, panekoekken, frites met pindasaus, Hema, Albert Heijn, NS Spoorweg, halfwolle melk, duwen, trekken, alstublieft, lekker.

He vuelto a Holanda.

Adiós, Salamanca... o mejor, hasta luego, porque volveré a verte en primavera. Pero durante el frío no me busquéis entre piedras doradas; buscadme aquí, junto a la Martinitoren.

Tot ziens!

__________________________________

Cannot believe it yet, my eyes still blinking.

Yet I rub my eyes and when I open them... I see bikes, brick pavement, panekoekken, frites met pindasaus, Hema, Albert Heijn, NS Spoorweg, halfwolle melk, duwen, trekken, alstublieft, lekker.

I'm back in The Netherlands.

Goodbye, Salamanca... or a 'catch ya later' might do much better as I'll be back into you by springtime. But as cold remains don't try to find me amongst the golden sandstone; find me here, by the Martinitoren.

Tot ziens!

lunes, 6 de octubre de 2008

At my signal, unleash THE FRISKY PARTY 2008

Something's happening in Brussels on November the 1st...




And the voice's spreading!

viernes, 18 de abril de 2008

Mi apuesta por el rock and roll

¿Alguna vez han sido de golpe conscientes de algo? Esta noche mi hermano Jimmy ha entrado por la ventana como Peter Pan y me ha sacado a volar. Y he sabido que nunca me perdonaré no haber sabido apreciar a tiempo la importancia vital que tiene vivir esto en directo:




Algún día nos volveremos a encontrar, hermano. La distancia es nuestro medio, los kilómetros el libro en que leemos, los caminos... la vida misma. Nos volveremos a ver, hermano, donde tú sabes:

nveec.

lunes, 31 de marzo de 2008

Ciento setenta mil kilómetros


170.000 kilómetros y ni uno más. Bueno, quizás alguno sí, pero por ahí anda la cosa. Ciento setenta millones de metros recorridos dan para mucho. Dan para ir y volver de Cáceres a Leiden cuarenta y tres veces y media. También podría haber dado algo más de medio millón de vueltas a la Plaza Mayor de Salamanca o haber hecho 4028.91 veces la maratón olímpica. Lo cierto es que en mis ciento setenta mil kilometrillos no se contó nunca ninguno de estos periplos, pero sí otros muchos: una huida por los pelos de la nevada más increíble en Picos de Europa, varias escapadas bercianas, incontables subidas y bajadas a exámenes o a jugar pachangas de básket, por no contar atascos, prisas mañaneras y alguna mudanza. En fin, que podría estar aquí toda la noche y la lista apenas quedaría empezada. Hay muchos sitios a los que llegar en coche, y más cuando es tu primer coche, y mis primeras cuatro ruedas me llevaron tan lejos que muchos de esos viajes no se pueden cifrar en metros, leguas ni pies. En él me refugié en más de una noche de lluvia, tras sus cristales vi desfilar océanos de luces remotas en la oscuridad de la carretera que, como el hilo del ovillo, nace y muere en un abrazo. Huí de la tristeza, adelanté a mis sueños, dejé atrás caricias y penas. Soñé que era libre y que las distancias no eran más que los mares que cortaba como un capitán pirata a tres mil revoluciones por minuto de viento en mis velas blancas. Amé, canté, lloré y, sobre todo, volé lejos, muy lejos.

169.999 kilómetros se acumulaban en las ruedas de mi viejo corsina supersónico cuando empecé a rodar el último tras un camión que me salió al paso, a lo lejos, traicionero y envenenado. Aún no se adivinaban las cúpulas de la catedral vieja en el horizonte hace hoy cosa de cinco meses cuando el último de nuestros viajes juntos terminó abruptamente bajo las toneladas de hierros oxidados e inmisericordes que se interpusieron en el vuelo que me llevaba a reír con Marieta. Mi viejo, feo, grasiento y ruidoso corsina, con nombre de los Sultans tatuado, que contó ciento setenta mil y no pudo llegar al ciento setenta y uno. Me había llevado a muchos sitios pero a este no quiso llevarme; me ha hecho muchos favores pero este, el último, fue el más grande de todos: carrocería torsionada, motor y caja de cambios desplazadas, radiador y otras mil piezas reducidas a hierros retorcidos. Los pretensores del cinturón disparados. Mi corsina al desguace... y yo sin un rasguño.

Era feo, sí. Viejo, también. Heredado de cuarta mano, puñetero en las visitas al taller y quisquilloso a la hora de pasar la ITV. Pero ahora que ya no lo guardo en el garaje sé lo que siente el capitán de un buque hundido cuando le sé oxidándose en algún desguace.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Los Escapistas

Alguien recuerda aquella serie de hace unos añitos, aquella de los chicos de un instituto, aquella de la ñoña y pegadiza cancioncita de "...no te fallaré, somos compañeros..."? Todo un clasicazo de las noches de algún día de entre semana, después de cenar en el sofá, calentito con las zapatillas, pijama y mantita...

Bueno, pues de aquella jauría de nuevos 'talentos actoriles', entre los que destacaron el macarrilla-blandengue de Quimi y la absoluta carencia de sostén en el personaje de Valle, salió también para el común de los mortales este ahora redescubierto individuo llamado Manuel Feijóo. El Luismi de la serie, vamos. Al que, terminadas las correrías por el instituto Azcona, se le vio declamando monólogos con bastante tino por el Paramount. El mozalbete es también guionista y cómico, e imagino que mucho y bien va a tener que escribir para quitarse de encima el sambenito del personaje de Luismi: pringao como él sólo y enamoradico hasta las cachas de la borde-jamona de su clase. Porque el binomio borde-jamona va siempre juntito, y se deja ver en forma de especímenes de diverso pelaje en casi cada aula de la ibérica península. Casi tanto como lo de macarrilla-blandengue. Pero me estoy desviando del tema...

La cosa es que nuestro amigo Feijóo ha vuelto a mi vida. Lo juro. Cosas de una tarde del ocioso sábado, mando en mano y zapineando por doquier, me he tropezado con él en el canal AXN. Resulta que el chico anda embarcado en un... (iba a decir programa, pero mejor diré) una gamberrada con unos amigos (cómicos también, como he podido descubrir después merced a San Google) consistente en irse de fin de semana a una capital europea en plan españolitos en un avión. Que con esto ya lo digo todo. Aunque no es el típico reportaje de viajes! Créanme: yo, que durante años fui devoto seguidor de los programitas de Lonely Planet, cada viernes apalancao frente a la pantalla de La Dos con Hache a mi lado, apurando el petisuís tras el almuerzo... Yo, que aprovechaba las visitas al domicilio paterno-maternal para enchufarme al satélite y embutirme más entregas de Ian Wright recorriendo el mundo con una mochila... Bueno, pues yo, ese yo del que les hablaba, he gozado de lo lindo esta tarde siguiendo las diabluras de estos cuatro elementos que se hacen llamar 'Los Escapistas'. Y es que hay que reconocerles que la gamberrada, casual o deliberadamente, les ha salido curiosa. Porque los de Lonely Planet tenían la cosa de haber creado un formato de reportaje de viajes diferente, en cuanto a que el protagonista no viajaba en helicóptero ni dormía en hotelazos sino, bien al contrario, con un protagonista unido cual lapa a una mochila y viajando en transportes públicos, lo cual era pura gasolina para la imaginación de cualquier estudiante con hambre de mundo (y no quiero señalar!). Sin embargo, estos cuatro 'Escapistas' me han sorprendido dando una vuelta más de tuerca: realmente parece el vídeo de cuatro colegas aprovechando el típico viaje 'low cost' de fin de semana a la capital de turno. Incluyendo el no-pué-ser-más-típico presupuesto de no más de 300 euros por cabeza. Porque Lonely Planet, al final, tenía a un señor comiendo insectos con una tribu de jíbaros antes de ir a ver el museo de El Cairo en compañía del propio director del museo... Mientras que Manu, Juanky, Iñaki y Boto dejan de entrar a una exposición porque el precio de la entrada vale cuatro euros. Y qué quieren que les diga, yo también he tenido más viajes mirando la pela en la taquilla de los museos que acompañando a sus directores.

En fin, que uniendo el desparpajo de estos cuatro gambiteros y quizás también ese halo de transgresión permitida y frescura que a veces se percibe en las producciones menores de los canales de pago -qué decirles de 'La Hora Chanante'-, realmente han conseguido que me crea, durante veintipico minutos, que se pueden cantar canciones de la tuna en la Via Veneto. O en qué otros viajes creen que he visto a los protagonistas celebrando como locos encontrar un monumento de acceso gratuíto? Yo se lo diré: en los míos.

Juzguen ustedes: